¿Por qué no dar todas las fotografías de una sesión?

Seguro que en tu carrera como fotógrafo, alguien, en algún momento, te ha hecho la temida pregunta de “¿me darás todas las fotografías que hagas en la sesión, no?“. Aunque las respuestas varían, la más común es la negativa, rontunda o con rodeos, pero negativa al fin y al cabo. ¿Por qué?

Antes, cuando la fotografía se hacía con negativos, no había tanto problema, muy poca gente pedía todos los negativos, y lo que se vendían eran copias impresas, en papel, con los retoques ya hechos. Pero con la democratización de la fotografía han llegado los problemas. Además de que todo el mundo, por tener una cámara se cree fotógrafo -otra de las cosas que darían para un post extenso, y que en algún momento, haré-, todo el mundo quiere tener todas las fotografías de la sesión, pero… ¿es buena esa generosidad?. Yo creo que no.

 

  • Derechos del cliente

La realidad es que el cliente no tiene derecho a los “descartes” de la sesión. Ya sea una sesión cobrada o en intercambio. Como ejemplo, si el cliente encargase un tatuaje, ¿pediría los bocetos del dibujo?. En el caso de que fuese un vestido, ¿pediría los diseños y los descartes de tela?. A nadie se le ocurriría hacerlo, sin embargo, con una sesión fotográfica, los clientes lo hacen, como si tuviesen aún la desfasada (espero) creencia de que una imagen les roba parte del alma.

Pero… ¿por qué esa negativa en dar todas las fotografías? ¿Qué daño puede hacerle al fotógrafo entregar todas las tomas?. La realidad es que le puede hacer mucho daño, volvamos al ejemplo del tatuaje.

Supongamos que pides que te hagan un tatuaje, acuerdas un precio, y, además, acuerdas conseguir también los bocetos de ese tatuador. Y tú, como cliente, feliz de la vida, lo tienes todo, desde el origen hasta el producto terminado. Pones en tu Instagram una fotografía del producto acabado -esto es, tu tatuaje, único, diseñado exclusivamente para ti-, y etiquetas al fotógrafo, dándole las gracias por el trabajo, maravilloso, que ha hecho.

Pero a la semana siguiente, pones un boceto de ese mismo tatuaje. Sin terminar, solamente las líneas que definen el producto final. No tiene mucho que ver -para alguien que no tatúa- con el producto final, ese que llevas en tu piel, y del que estás tan orgulloso. Pero no nos engañemos, el boceto, comparado con el tatuaje real, es una mi*rda. Pero has etiquetado al tatuador, igualmente. Y gracias a ese boceto, alguien a quien le había gustado tu tatuaje final, decide que el tatuador es malo, y que se va a buscar a otra persona para ese dibujo en la piel que le acompañará durante toda la vida. ¿Terrible?. Pues estas situaciones ocurren. Todos los días.

 

  • Lo que pasa en una sesión de fotos

Seamos realistas, no todas las fotografías en una sesión salen bien. De los cientos de imágenes capturadas, solo unas pocas serán dignas de mostrar. Desenfoques, excesos -o defectos- de luz, una incorrecta iluminación… Un fotógrafo está cualificado -o debería estarlo, al menos, si no es una mera “persona con cámara“- para detectar esos fallos en las tomas. E intentará que, de todas esas tomas, editar y mostrar(te) solamente las que te representan, o representan el concepto pretendido en esa sesión.

¿De qué sirve tener todas las fotografías, muchas, además, repetidas con tan solo décimas de segundo de diferencia? ¿De qué sirve que el cliente tenga una fotografía con un mal encuadre? ¿Qué provecho le puede sacar el cliente a esa, no nos engañemos, mala imagen?. Muchas modelos se escudarán en el “yo aparezco ahí, por lo tanto, la imagen es mía”. Algo fácilmente rebatible con un “yo he hecho la captura, legalmente, la fotografía es mía”. Y no nos olvidemos que las leyes están para cumplirlas.

Las imágenes que no han sido seleccionadas para retocar, no lo han sido por un motivo. A nadie le gusta parecer “poco fotogénico”, y al fotógrafo no le gusta mostrar un trabajo del que no esté orgulloso.

 

  • Confianza en el profesional

Así que la única razón a la que nos lleva el “por favor, envíame todas las imágenes”, es ni más ni menos que la desconfianza hacia el fotógrafo, o la teoría de que este es un mal profesional, y que cualquiera puede hacerlo mejor. Hace bastante tiempo, cuando comencé con la fotografía digital, cometí el error de enviar a un cliente varias de las fotografías descartadas al cliente, para que las editase él mismo, y el resultado fueron imágenes que en ningún modo sentía como mías. Ni representaban mi estilo, ni el retoque era, bajo mi punto de vista, bueno. Estaba de moda el HDR y el desaturado selectivo -esas imágenes blanco y negro, exceptuando los rojos, que además estaban horriblemente brillantes-, dos opciones que nunca he usado. El cliente, además, en sus redes sociales, me había etiquetado como fotógrafo, y fue la causa de varios trabajos que no llegaron a buen puerto, cuando pocos días antes todo parecía ir bien.

Al final, todo se reduce a la confianza: tú escoges al fotógrafo, entre los cientos de ellos disponibles en tu área. Ten confianza en lo que hace, y sobre todo, no le pidas imposibles.

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