¿Y tú qué eres, fotógrafo o persona con cámara?

En el día a día te encuentras mucha gente. En mi caso, mucha gente con cámara, que va de fotógrafo profesional por la vida. ¿Cómo diferenciarlos?

Creo que es lógico pensar que no todo el mundo que tiene una cámara es fotógrafo, al igual que no todo el mundo que tiene una llave grifa es fontanero. “Ser algo” requiere tener conocimientos, dedicación, y en ocasiones, un papel, un título. Ojo, no digo que tenga que ser obligatorio, pero sinceramente, ¿cuántos hemos visto “fotógrafos profesionales” cuyas fotografías, como decía un amigo, le meten miedo al miedo?.

Una técnica, el saber hacer detrás de la cámara, y en el caso de la fotografía, la pasión por crear buenas imágenes, con su postprocesado incluido, son lo que definen a un buen fotógrafo. Al final, lo que habla es el resultado, pero personalmente, me hace muchísima gracia que muchos “fotógrafos profesionales” compaginen su afición al obturador con su trabajo diario: maestros, pintores, albañiles, abogados, farmacéuticos… todos son fotógrafos profesionales.

La profesionalización del sector de la imagen, a estas alturas de la vida, es algo con lo que todos, o al menos, todos los que nos van los garbanzos en ello, tenemos en nuestros más húmedos sueños. Pero ¿cómo podemos pedir que se regule, cuando ni entre nosotros mismos nos ponemos de acuerdo en quién debería ser considerado como profesional?. Los hay quienes abogan por la titulación -esa extraña manía/enfermedad de este país, la titulitis aguda-, mientras que los hay quienes prefieren que sea por práctica. Los más realistas hacen una diferenciación básica: si cobra, es profesional, si no cobra, es aficionado. Pero en épocas de crisis recesión, ¿a quién no le amarga un dulce?. Y llegaron los fotógrafos profesionales clandestinos.

Educar a los clientes, quizás por esta recesión que nos ha tocado vivir, es imposible. En una reciente conversación con un posible futuro cliente, y tras exponerle mis tarifas para una boda, no con mucha educación me recriminaba que los precios eran excesivamente altos para “cuatro horas que iba a estar trabajando”. Cuatro horas, que era lo que, efectivamente, duraría la misa, la firma, y la sesión fotográfica. Obviamente, y como ya todos estamos pensando, pidió una rebaja en el precio, ofreciéndole yo un trabajo “por horas”. El cliente, en ese momento, se las veía muy felices, hasta que le pasé un presupuesto que superaba con creces, casi más del doble, al inicial. Procedió a llamarme inmediatamente después de recibirlo, llamada que esperaba con angustia, puesto que ya sabía lo que iba a ocurrir:

+ Pero… ¿cómo puedes tener tanta cara?. ¿Pretendes cobrarme por horas, y me mandas un presupuesto del doble del original? ¡Solamente van a ser cuatro horas, no lo que me pones aquí!
– Si, solamente van a ser cuatro horas, más una de desplazamiento desde mi casa hasta el lugar del evento, más otra media esperando, más el tiempo de volcar las fotografías, el de selección…
+ ¡No puede ser! ¡No vas a tardar tanto!
– Quizás, pero en una boda se disparan cientos de fotografías, para captar todos los momentos… y cada fotografía lleva un retoque. Ese tiempo también cuenta como tiempo de trabajo…
+ No, no, en absoluto, tú me las das tal cual salgan de la cámara, sin retocar. Ya me encargaré yo de hacerlo, y seguro que mejor que tú, que con los filtros del Instagram quedan perfectas. Yo hago todo el trabajo, y tú te llevas 40€
– Quizás sí, no discutiré las bondades de los filtros, y menos, de los filtros de Instagram, que causan furor, pero no trabajo así. Yo ofrezco un estilo concreto, una calidad en las imágenes finales, y todo eso lleva un tiempo, unos conocimientos, y un material de trabajo, que también sufre un desgaste, etc…
+ (cortándome) si, si, si yo eso lo entiendo, pero mira, nos hemos gastado muchísimo en la boda: hemos alquilado un coche clásico, un cubierto que cuesta un ojo de la cara, el vestido es increíble, y… lo que queremos no es calidad. Es cantidad. Cuantas más fotografías, mejor, alguna saldrá bien.
– Lo entiendo. Puedo ofrecerte una solución de compromiso: cámaras desechables. Las pones en cada mesa, y que sean los invitados los que las hagan. Pero desde luego, no es mi trabajo. Por 40€, si quieres, las coloco en las mesas y me voy.

Con esto, la conversación telefónica se cortó, y nunca más volví a saber del “cliente”. Supongo que habrá encontrado a su fotógrafo, uno de esos que por 40€ te ofrece todas las fotografías de la boda en el mismo día, en un pendrive. ¡Bien por él!

El sector pasa por momentos complicados, como decía, y los clientes tratan de aprovecharse de ello. Es lógico, y pasa en todas las disciplinas más o menos artísticas: la música, el tatuaje, la pintura… Pero a nadie, sin saber tocar la guitarra, tatuar o dibujar, se le ocurriría decir que es músico, tatuador o dibujante profesional, algo que sí que ocurre en la fotografía. ¿Por qué? Porque la gente con cámara no valora el arte, el equipo y el tiempo que lleva. Al fin y al cabo, su sustento viene de su profesión real.

Un fotógrafo amateur, un aficionado a la fotografía… puede hacer muy buenas fotos, eso es indiscutible. Pero no puede llamarse profesional. Simplemente, porque no vive de ello. Será abogado, farmacéutico, pintor, escayolista o fontanero, pero no fotógrafo. No puede facturar y no debería cobrar por su afición. Y tú… ¿eres fotógrafo, o persona con cámara?

2 Comentarios
  1. […] Un fotógrafo está cualificado -o debería estarlo, al menos, si no es una mera “persona con cámara“- para detectar esos fallos en las tomas. E intentará que, de todas esas tomas, editar y […]

  2. Jordi Mac dice

    Mmm, vamos a ver. Me dedico a la informática y a la fotografía, pago mis impuestos por ello y facturo lo correspondiente cuando tengo trabajo tanto en un campo como en el otro (como puedes suponer, soy autónomo). Entonces, ¿para tí qué soy? ¿fotógrafo o “persona con cámara”?

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